Obispa Griselda Delgado del Carpio, bishop of Cuba’s sermon at DioCal convention

On Friday, October 15, Bishop Griselda Delgado del Carpio of Cuba gave a sermon at the 167th Convention Eucharist. Below is the transcript of her sermon, the audio of the sermon is online. Click here to jump to the English translation. For photos from the Eucharist and the 167th Convention, click here.

Obispa Griselda CONVENCION DE LA DIOCESIS DE CALIFORNIA, SERMON EL OFICIO DE APERTURA 14 OCTUBRE, 2016
Lecturas Bíblicas: AT. Cantar de los Cantares 4:12-16; Salmo 42:1-7
NT: Romanos 8:22-27; Evangelio: Mateo 5: 13-16

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

Saludos y agradecimientos…

Jesús siempre nos sorprende con la sencillez de sus palabras y la profundidad de su llamado.  Muy concreto y desafiante para el tiempo presente.   Los oyentes de entonces fueron  sus amigos y discípulos: un puñado de seguidores que trataban de comprender su mensaje.

Hoy el llamado es a otros  seguidores: nosotras y nosotros que vivimos en este tercer milenio. Tiempo de grandes paradojas, alta tecnología, sombras de conflictos armados, injusticia social, racial y económica, fragmentación en las familias, grupos humanos desplazados, desastres naturales, cambio climático, alto consumismo, pero también de sueños y esperanzas que se albergan en el corazón humano y hacen circular la vida y dan aliento para continuar al futuro

Como buen pedagogo Jesús toma imágenes cotidianas que todos conocemos: Sal, sal inservible, luz, lámpara, luz que se oculta, ciudad que enciende sus luces en  la noche.             

Jesús sabía de lo que estaba hablando, los evangelistas recogen certeramente sus palabras. Estas vienen a ser la continuidad de lo que conocemos como Sermón del Monte (Mateo 5.1-11). Jesús sólo estaba reafirmando la identidad   otorgada a sus seguidores.

Los mira con los ojos de Dios. Amándoles y conociéndoles reafirma las consecuencias de las bienaventuranzas al decirles: “si ustedes son puros de corazón, si son misericordiosos, si tienen hambre y sed de justicia, si ustedes son humildes y limpios de corazón, son entonces sal de la tierra y luz del mundo”.

¿Cómo era la “tierra” para la cual debían ser “sal” los seguidores de Jesús? ¿Qué sabor tenía la vida de sus contemporáneos?       

¿Qué habrán pensado Andrés, Santiago, Pedro al oír estas palabras “ustedes son la sal…, ustedes son la luz ...?   Estos pescadores del mar de Galilea se sentirían desconcertados   cuando escucharon el mandato del Señor. ¿Sal, luz? ¿Ellos?   

Que Jesús fuera la luz del mundo y la sal de la tierra podrían comprenderlo, pero ¿dar sabor y proteger de corrupción al mundo?, ¿ofrecer luz a otros?  Más conciencia tenían de sus carencias y sus necesidades que de grandes misiones. Nunca habrían imaginado que ellos iban a crear un nuevo tiempo, un nuevo horizonte, una diferente visión de vida, expresión de la sal y la luz del Evangelio. 

A través de estos años, por las tareas pastorales, tengo la oportunidad de viajar grandes distancias por carreteras, en especial en el territorio cubano, y en vuelos a otros lugares, como aquí.  Unas veces en el día, otras veces en la noche.  En la noche se puede distinguir más claramente los espacios oscuros y la cercanía de pueblos y ciudades, por las luces que éstas   expanden extraordinariamente.  No se puede esconder una ciudad, todos la ven.

Como parte de esta tarea, visito comunidades, con ellas comparto las celebraciones litúrgicas, los sueños, los desafíos, los planes  y la comida. En cada lugar la comida tiene un sabor peculiar, cada sabor y sazón es deliciosa y diferente, y como en toda buena cocina no puede faltar la sal en su punto de equilibrio.  Así podemos disfrutar el sentarnos a comer juntos y el encuentro fraterno.             

Siguiendo en el ámbito cubano, creímos que la secularización y el ateísmo del contexto social-político   habían alejado al pueblo de sus raíces cristianas; sin embargo, mientras allí se vivían esas experiencias, en la sociedad más global estaban prosperando otras formas de secularización que igualmente han alejado a las personas de la fe.

Hoy, en los diferentes contextos, es una realidad que muchos piensan y viven como si “Dios no existiera”, o son atraídos por formas de religiosidad irracionales. O han exacerbado las ansias del placer, del poder y del tener aplastando a los más vulnerables.  Se expanden las señales de individualismo y deshumanización.  Sin embargo, el ser humano anhela felicidad y recurre a cuantas fantasías existen para conseguirla.

¿Cómo es la “tierra” en presente, para la cual tenemos que ser sal? ¿Qué sabor tiene la vida hoy?

Pequeñas o grandes, las complejas ciudades contemporáneas, son espacios de alto grado de interacción humana, demuestran vibrantes sus colores y sus luces deslumbrando a cualquiera. Crecen en desarrollo industrial y tecnológico con alta velocidad.    

A la par crece la contaminación, la deforestación, la extinción de especies, en fin, estamos experimentando el cambio climático, olas de calor, sequias, huracanes como –el terrible huracán Mateo de hace pocos días- procesos que ya están amenazando la vida, sagrada creación de Dios.

¿Y el alimento?... desde lo más sencillo, el pan, el agua, la sal, a lo más complejo es un desafío de todos los días: alimento que nutre, alimento que puede ser dañino a la salud.  En estos tiempos se habla en nuevos términos: desarrollo sostenible, cultura alimentaria, seguridad y soberanía alimentaria.        

En la dimensión no global, sino más bien, en el nivel de comunidades de fe, ¿percibimos, en similitud a esos procesos que llevan al desequilibrio ambiental, que se va produciendo cambios y procesos en la ecología de la Iglesia que van quebrantando el sentido y  el quehacer de la tarea misionera?  

Por la dinámica de la vida de hoy, estamos desequilibrando nuestro ser interior y nos vamos alejando de los ríos de agua viva, naturales y saludables que provienen de la fuente de Amor.

Podemos preguntarnos ¿vamos dejando de ser árboles plantados junto a corrientes de agua, que sus hojas no caen y todo lo que hace es para bien... tal como nos dice el salmo 1?

¿Vamos dejando el alimento natural y lleno de nutrientes que se obtiene de la Palabra Viva, y consumimos más bien comida chatarra, inorgánica que luego daña y enferma hasta paralizar el corazón, los pensamientos, las acciones y actitudes en favor del bien común?

¿Qué alimento estamos ofreciendo a nuestros hijos e hijas, a las generaciones más jóvenes?  ¿Si tenemos oportunidad de comer juntos, qué cena les presentamos?   ¿Alta en grasas, en químicos, o quizás con exceso de sal?

Siguiendo las imágenes del texto bíblico, ¿podemos preguntarnos si hace mucho hemos dejado de percibir la luz que proviene de las fuentes naturales?   ¿O más bien queremos ser luces que deslumbran a los demás a todo costo y a toda costa?              

Decimos ser seguidores de aquel que es la Luz y sin embargo los pies, o el corazón, siguiendo lo atractivo y superficial, -lo light, lo ligero, la moda-, nos llevan a otros rumbos de luces artificiales que distorsionan el camino a seguir.

Tengamos cuidado: Quizás no haya tiniebla más densa que la que se introduce en alma de las jóvenes generaciones cuando falsos profetas apagan en ellos la luz de la fe.

El engaño más grande y la mayor fuente de infelicidad e incertidumbre es el espejismo de caminar en la vida prescindiendo de Dios, excluyendo los valores evangélicos y la responsabilidad de cuidar, servir y amar a los demás, así como guardar el don de todo lo creado.                  

Amadas y amados hermanos: No puede haber desconcierto hoy, ni en lo personal, ni en lo comunitario, ni en lo diocesano, ni en la Iglesia más global ante las palabras de Jesús.

Cada una y cada tenemos inmensas potencialidades de vencer oscuridades y de no permitir que se desvirtúe el sabor de la sal.

A la par que trabajamos por minimizar los efectos del cambio climático y estamos involucrados en la lucha para alcanzar la justicia social - la justicia climática, de manera que no se pierda la vida en la tierra, asi también es necesario discernir y velar continuamente por los procesos en nuestra ecología interior.   

Tenemos que continuar tejiendo con pasión los lazos naturales que nos unen   Dios, a los valores del Evangelio, a la construcción permanente de su Reino de Amor y Justicia y   a percibir el soplo de su Espíritu que renueva la Creación entera.

Nos permitirá ver la deforestación que corroe la mente y el corazón de tantos y tantos, los gases venenosos que intoxican el discernimiento humano en los diferentes niveles de nuestros contextos sociales.    

Nuestras realidades, locales o globales nos están diciendo permanentemente que  no es hora de     responder a medias, o  “a ver si podemos”, “cuando tengamos tiempo o ganas, o quizás mañana “.

Si no lo hicimos ya, tenemos que responder con la totalidad de nuestro ser, de nuestra energía, de nuestro tiempo, y así contagiar y transmitir esperanza a otras personas que esperan y vislumbran en la Iglesia un marco de referencia para sus vidas.

Pablo, en su extraordinaria carta a la Iglesia en Roma, escribe que la Creación entera está en sufrimiento y con ella nosotros.  Describe la situación presente de las criaturas junto con los seres humanos como una «anhelante espera».  Como una madre a punto de parir espera anhelante el primer llanto de su bebe.

Cuando nace es una nueva criatura, es esperanza aun cuando hubiera sinsabores; es presente que se proyecta al futuro.

Los que estamos comprometidos a trabajar por un mundo de paz y de bien, los que seguimos a Jesús, no nos aferrarnos a cualquier futuro.  Si confiamos en el Espíritu, que nos guía, nuestra esperanza no carece de dirección, sino que es «según el querer de Dios» como nos señala Pablo con tanta certeza. El futuro tiene dirección.   

Es necesario descubrir y hacer descubrir continuamente el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, el Pan de vida. Volvamos nuestra mirada y nuestra práctica diaria a las bienaventuranzas, ellas nos hacen respirar aire limpio, fresco, permiten una mayor conexión con el Creador.

Que el Evangelio sea el gran criterio que guie las decisiones -personales o comunitarias-  de nuestros rumbos y nuestro futuro.

Dar sabor con el punto de equilibrio de sal, ofrecer luz clara y saludable, requiere crecer en espiritualidad y crecer en oración.

Oigamos el reclamo de nuestro propio ser, de nuestra alma   que anhela beber en las corrientes de agua que emanan de lo profundo del amor de Dios; como nos dice el salmo (42) leído hoy.

Y para terminar, recordamos a Teresa de Ávila, de la cual nos separan aproximadamente quinientos (500) años.   Esta mujer, mística, santa y teóloga nos transmite, tan vigente y tan actual, ésa conexión espiritual diáfana con la que ella se acercó a Dios, un profundo espíritu  de oración, la manera de practicarlo y los frutos que produce en abundancia. A Dios gracias por su vida y ministerio.        

Queridos hermanos y hermanas, ahora reunidos en su Convención, con todos los planes y proyectos que tienen por delante y los desafíos que tendrán que enfrentar, pongan enteramente su confianza en la Gracia y la misericordia Dios.  Pues El, amándoles primero, confía en ustedes para que continúen realizando con alegría la tarea misionera. Dios Trino y Eterno confía en todos nosotros, su Iglesia y familia reunida.

Confía para que hoy seamos sal y luz. Pone su confianza en nosotros para que podamos   ofrecerlas al mundo. Y que lo hagamos con generosidad, convencidos de que junto a Él, Su justicia, Su verdad y Su Amor transforman y transformarán la faz de la tierra.

Que Dios Creador, Trino y Eterno, guie y bendiga en abundancia el diverso y saludable Ministerio de las comunidades de la Diócesis de California, a todo su clero, y al Obispo Marc, día tras día. AMEN.  

+Ma. Griselda Delgado del Carpio, Obispa, Diócesis de Cuba

        

Bishop Griselda at the CONVENTION OF THE DIOCESE OF CALIFORNIA, SERMON FOR THE OPENING SERVICE - OCTOBER 14, 2016
Bible readings: AT. Song of Songs 4:12-16; Psalm 42:1-7
NT: Romans 8:22-27; Gospel: Matthew 5:13-16

Dear Brothers and Sisters in Christ Jesus:

Greetings and many thanks…

Jesus always surprises us with the simplicity of his words and the profound depth of his calling. Very direct, specific and challenging for this day and time. The listeners back then were his friends and disciples: A handful of followers who were trying to understand his message.

Today the call is directed to other followers: we who are living in this third millennium. It is a time of grand paradoxes, high technology, shadows of armed conflict, social, racial, and economic injustice, broken families, groups of displaced humans, natural disasters, climate change, high consumption; but it is also a time of dreams and hopes that are living in the human heart, that drive life, and that give encouragement to continue on into the future.

As a good teacher Jesus takes everyday images that we all know: Salt, unusable salt, light, a lamp, hidden light, a city that lights up at night.

Jesus knew what he was talking about. The evangelists collected his words accurately. These words come into continuity with what we know as the Sermon on the Mount (Matthew 5.1-11). Jesus was only reaffirming the essence of these words given to his followers.

He looks at them with the eyes of God. Loving them and knowing them, he reaffirms the consequences of the beatitudes upon telling them, "If you are pure in heart, if you are merciful, if you are hungry and thirsty for justice, if you are humble and clean of heart, then you are the salt of the earth and the light of the world ".

How was that "earth" in which the followers of Jesus were to be the "salt"? What flavor did life for his contemporaries have?

What would Andrew, James, and Peter be thinking when they heard these words "You are the salt ..., you are the light …, these fishermen from the Sea of ​​Galilee would feel bewildered when they heard the Lord's command. ¿To be Salt, to be the light? They themselves?

That Jesus was the light of the world and the salt of the earth, this they could understand. But to give flavor to the world and to protect the world against corruption? To offer light to others? They had more awareness about their own shortcomings and their own needs than they did about great missions. They would never have imagined that they were going to create a new time, a new horizon, a different vision of life, being expressed as the salt and the light from the Gospel.

Throughout these past years and because of my pastoral duties, I have had the opportunity to travel long distances by road, especially in Cuba, and by air to other places, like here. At times during the day, at other times during the night. When flying by night, you can clearly distinguish the dark spaces from the approaching towns and cities, because of the lights that expand dramatically from the towns and cities. You cannot hide a city. Everyone can see it.

As part of my work, I visit communities, I share with them liturgical celebrations, dreams, challenges, plans and food.  In each place the food has its own unique taste, with delicious but different flavors and seasonings. And like any good kitchen, one cannot miss the salt as a balancing point. And so we are able to enjoy sitting down to eat together and having fellowship with each other.

Within the confines of Cuba, we believed that secularization and atheism in its social-political context had been distancing people from their Christian roots. However, while the Cubans were living through their experiences, in the greater global society other forms of secularization were flourishing that have equally distanced people from their faith.

Today, in a different context, it is a reality that many people think and live as if "God does not exist," or they are attracted to forms of irrational religiosity. Or they have exacerbated their cravings for pleasure, for power, and for putting down the most vulnerable. Signs of individualism and dehumanization are expanding. Nevertheless, the human being longs for happiness and runs around after whatever fantasies might exist to get it.

So, how is the "earth" of our present day, where we must be the “salt”? What is the taste of life like today?

Small or large, the complex, contemporary cities of today are spaces and places with a high degree of human interaction, displaying vibrant colors and dazzling lights to everyone. They are growing at a rapid pace in industrial and technological development.

At the same time, contamination, deforestation, and the extinction of species are increasing. Indeed, we are experiencing climate change, heat waves, droughts, hurricanes – the terrible Hurricane Matthew just a few days ago – processes that are threatening life itself, the sacred creation of God.

And the food? ... From the simplest of bread, water, and salt, to the more complex, it is an everyday challenge: food that nourishes, food that can be harmful to health. Nowadays, we even talk in new terminology: sustainable development, food culture, world food supply and security.

Turning from a global dimension to the level of faith communities, do we perceive similar changes and processes, like those that lead to an environmental imbalance, that are going on in the ecology of the Church, that are breaking up the meaning and endeavors of missionary work?

Because of the dynamics of today’s life, we are losing balance with our inner self and alienating ourselves from the natural and healthy rivers of the living water that come from the source of Love.

We can ask ourselves whether we have stopped being like trees planted beside streams of water, bearing fruit in due season, with leaves that do not wither, and all that they do will prosper for the good ... as Psalm 1 tells us?

Are we leaving behind the natural food, full of nutrients, obtained from the Living Word? Are we consuming more junk foods, inorganic foods that later harm and sicken us to the point of paralyzing the heart, our thoughts, actions and attitudes in favor of the common good?

What kind of food are we offering our sons and daughters, and to our younger generations? If we have the chance to eat together, what kind of dinner do we serve? High in fat, high in chemicals, or perhaps, too high in salt?

Following the images of the biblical text, we might ask ourselves whether we have stopped perceiving for a while the light that comes from the natural sources? Or whether we want to be lights that dazzle all the rest at all costs no matter the price?

We claim to be followers of Him who is the Light. However, the feet, or heart, that follow the attractive and the superficial, -- the light, the lightweight, the high fashion -- lead us down other roads of artificial lights that distort the path to follow.

We should be careful: There may be no darkness more confusing than the one that is introduced into the soul of the younger generations when false prophets are turning off in them the light of faith.

The greatest deception and the greatest source of unhappiness and uncertainty is the illusion of going through life without God, excluding evangelical values ​​and responsibility to care for, serve and love others, as well as guard and keep the gift of all creation.

Loved and beloved brothers and sisters: we cannot have confusion today, neither in one’s person nor in the community, not in the diocese nor in the greater global Church, in facing the words of Jesus.

Each one of us has the immense potential to overcome obscurities and not to allow the flavor of the salt to spoil us.

At the same time we work to minimize the effects of climate change and are involved in the fight to achieve social justice -- climate justice in such a way that life is not lost on earth -- so also is it necessary to discern and continually to keep watch over the processes in our inner ecology.

We need to continue weaving with passion the natural ties that unite us with God, and to the values ​​of the Gospel, to the permanent building of his Kingdom of Love and Justice, and to feel the breath of his Spirit that renews the entire Creation.

This will allow us to see the deforestation that corrodes the mind and heart of so many people, the poisonous gases intoxicating human discernment at different levels of our social contexts.

Today’s reality, local or global, is telling us permanently that now is not the time to respond half-way, or with "let’s see if we can " or with “when we have time or desire, or maybe tomorrow."

If we haven’t already done so, we must respond with all our being, energy, and time, and then spread and give that hope to other people who are waiting for and beginning to see in the Church a point of reference for their lives.

Paul, in his extraordinary letter to the Church in Rome, writes that the entire Creation is suffering and with it, us. He describes the present situation of creatures together with human beings as an "longed for anticipation." Like a mother about to give birth longingly waits for the first cry of her baby.

When a new creature is born, it represents hope even though there may have been some unpleasantness in the birth. It represents the present that is projected into the future.

Those of us who are committed to work for a world of peace and wellbeing, those of us who follow Jesus, do not cling to just any future. If we trust in the Spirit, who guides us, our hope does not lack direction, but it is "according to the will of God" as Paul points out to us with such conviction. The future does have direction.

It is necessary to discover and to keep discovering the good taste and gladness of nourishing ourselves with the Word of God, the Bread of Life. Let us glance back and return our daily practices into the divine vision of the Beatitudes. They make us breathe clean, fresh air, and allow us a greater connection with the Creator.

May the Gospel be the great criterion that guides the decisions – at both the personal and community levels -- of our paths and of our future.

To give flavor with a touch of balancing salt, to offer a clear and healthy light requires growth in spirituality and in prayer.

Let us hear the lure of our own being, our soul that is yearning to drink in the currents of water emanating from the depths of God's Love; as Psalm 42, read today, tells us.

And to conclude, we remember Teresa of Avila, who is separated from us by approximately five hundred years. This woman, a mystic, a saint and a theologian, transmits to us, so updated and so of today, that diaphanous spiritual connection with which she approached God, a profound spirit for prayer, the way to practice it and to reap the fruits that it produces in abundance. Thank God for her life and her ministry.

            Dear brothers and sisters, now gathered together in your Convention, with all the plans and projects that you have in front of you and the challenges that you will face, put your trust entirely in the Grace and mercy of God. Because He, loving you first, trusts in you to continue making happy dreams come true in your missionary work. The Triune and Eternal God places his trust in all of us, his Church and in his reunited family.

God trusts us to be today’s salt and light. He put his trust in us so we can offer it to the world. And that we do it with generosity, convinced that together with Him, His justice, His truth and His love are transforming and will change the face of the earth.

May God the Creator, Eternal and Triune, guide and bless in abundance the diverse and healthy Ministry of the communities of the Diocese of California, all of its clergy, and Bishop Marc, day after day. AMEN.

+ Maria Griselda Delgado del Carpio,  Bishop of the Diocese of Cuba