Home is where the Holy Spirit is / El hogar es donde vive el Espíritu Santo

The Body of Christ is a truly wondrous thing to behold. We marvel at its beauty reflected in our sanctuaries, in acts of worship, and in the faces of the individuals who comprise the beloved community we call the Church. But the Body of Christ extends far outside our own lives and geographical borders — even outside our comfort zones. 

But I have learned that exploring the territory beyond my experience is exhilarating. This is the kind of learning offered by the Windows on the World program at Virginia Theological Seminary (or VTS) where I am in my second year. Thanks to a scholarship from the Diocese of California, I embarked upon a month-long cultural immersion in the Dominican Republic this past January. It was an extraordinary opportunity to see the Episcopal Church as the Body of Christ in another context and language.

The Centro de Estudios Teológicos in Santo Domingo was “home base” for me and three colleagues from VTS. We joined the four seminarians there in daily worship, study, and fellowship. We soon found ourselves enveloped into their loving community, along with missionaries Karen Carroll and Charlie Nakash, a wonderful faculty, and staff. 

Much like at my own seminary, our days revolved around worship and a midday meal. At the beginning, we bumbled through brief conversations in Spanish as we shared feasts of vegetables, deliciously spiced meat dishes, beans, and rice. Despite the warm hospitality, it was hard being away from home. But thanks to some tutoring, reflection, and the working of the Holy Spirit, by the end of the month we were telling jokes, talking theology, and sharing our hopes with each other. We had a lot of fun with our Dominican colleagues, especially during dinners out and a day at the beach. 

But what we experienced was more than a good time. It was fellowship — the embrace of the Body of Christ. I learned that I am never outside the reach of God’s love. I came to trust that God works through our brothers and sisters to meet us no matter where we are, or where we’ve come from. 

God also met us in worship. Each of us was assigned to a parish where we worked as interns each Sunday. We were not visitors, passively observing how “others” praise God. For a month, we were la Iglesia Episcopal Dominicana — the Dominican Episcopal Church. I had the privilege of working with Rev. Augusto Sandino Sánchez, my patient and generous mentor. On Sunday mornings Padre Sandino preached and celebrated Eucharist at two separate parishes: Iglesia Santo Thomás and Iglesia San José. I served as a sub-deacon. On my last Sunday, he gave me an incredible growth opportunity: to preach a sermon in Spanish.

And yet again, God found me there. God worked through my internal jumble of nervousness, self — doubt, and excitement to show me that the Word is not the property of just one language or culture. It is the energy that moves through all of us when we gather to worship. In the Dominican Republic, that energy pulsed through drums, guitars, clapping hands, and choruses of “El Pescador de Hombres,” a beloved hymn. The energy of the Word also hummed in prayerful silences.

The decision to journey beyond our boundaries, borders, and comfort zones is more than a spiritual exercise for our own growth; it is a process of revelation that can bring us closer to God and each other. In knowing the community at the Centro de Estudios Teológicos, I came to know more about God’s love. In worshipping with the Dominican people, I expanded my vocabulary of praise and thanksgiving. In falling in love with a country I don’t call “home,” I realized that home is where the Holy Spirit is, and the Spirit is thriving in the Episcopal Church of the Dominican Republic. I wonder where else the Spirit might be?

photos:
top: Annie Pierpoint preaching in Spanish at Iglesia San Jose
middle: women at the cathedral's Lazarus Ministry in Santo Domingo
bottom: musicians at Iglesia San Jose warming up for worship


El Cuerpo de Cristo es algo maravilloso para ver. Nos maravillamos con su belleza que se refleja en nuestros santuarios, en los actos de culto, y en los rostros de las personas que integran en la comunidad amada que llamamos la Iglesia. Pero el Cuerpo de Cristo se extiende mucho más allá de nuestras propia vida y nuestras fronteras geográficas, incluso afuera de nuestra zonas de comodidad.

Pero he aprendido a explorar el territorio más allá de mi experiencia que es un gozo. Este, es el tipo de aprendizaje que ofrece el programa que se llama “Windows on the World” en Virginia Theological Seminary (VTS) donde estoy en mi segundo año. Con la ayuda financiera de la Diócesis de California, me embarqué en una inmersión cultural por un mes en la República Dominicana, el pasado de enero. Fue una oportunidad extraordinaria para ver la Iglesia Episcopal como el Cuerpo de Cristo en otro contexto y lenguaje extranjero.

El Centro de Estudios Teológicos de Santo Domingo fue "la base de operaciones" para mí y tres otras colegas de VTS. Diariamente nos unimos con los cuatros seminaristas de la República Dominicana en oración, el estudio, y el compañerismo. Pronto nos enculturamos en su comunidad de amor, junto con los misioneros Karen Carroll y Charlie Nakash, una facultad maravillosa, y sus personales.

Al igual en mi propio seminario, los días giró en torno a la alabanza y la comida del mediodía. Al principio, nos tratamos de tener conversaciones breves en español mientras que compartíamos la comida con verduras, deliciosamente condimentados platos de carne, frijoles y arroz. A pesar de la buena hospitalidad, era difícil estar lejos de casa. Pero gracias a algunas clases de español, la reflexión comunitaria y la acción del Espíritu Santo, al final del mes que estábamos contando chistes, hablando sobre teología y compartiendo nuestras esperanzas entre sí. Hemos tenido un montón de diversión con nuestros colegas Dominicanos, especialmente durante las cenas y un día de playa.

Pero lo que nos pasó fue más que un buen momento. Era comunión, el abrazo del Cuerpo de Cristo. Me aprendí que nunca estoy fuera del alcance del amor de Dios. Llegué a confiar que Dios obra a través de nuestros hermanos y hermanas para encontrarnos, no importa donde que estemos, o donde que hemos venido.

Dios también nos encontró en la adoración. Cada uno de nosotros fue asignado a una parroquia en que trabajó como pasante cada domingo. No éramos visitantes, observando pasivamente cómo los "otros" alabar a Dios. Durante este mes, fuimos la Iglesia Episcopal Dominicana. Tuve el privilegio de trabajar con el reverendo Augusto Sandino Sánchez, mi mentor paciente y generoso. Los domingos por la mañana Padre Sandino predicó y celebró la Eucaristía en dos parroquias distintas: la Iglesia de Santo Tomás y la Iglesia de San José. Me sirvió como subdiácono. En mi último domingo, me dio una oportunidad de crecimiento increíble: predicar un sermón en español.

Y una vez más, Dios me encontró allá. Dios obró a través de mis confusiónes internas de nerviosismos, dudas sobre uno mismo, y la emoción en que me mostrara que el Verbo no es propiedad de una sola lengua o cultura. Es la energía que se mueve a través de todos nosotros cuando nos reunimos para adorar. En la República Dominicana, la energía que pulsada a través de los tambores, guitarras, manos aplaudieno, y coros del himno amado "El Pescador de Hombres." La energía de la Palabra también zumbaba en los silencios orantes.

La decisión de viajar más allá de nuestras fronteras, bordes y zonas de comodidád es más que un ejercicio espiritual para nuestro propio crecimiento, a la vez es un proceso de revelación que nos puede acercar más a Dios y los demás. Al conocer a la comunidad en el Centro de Estudios Teológicos, llegué a saber más sobre el amor de Dios. Al adorar con el pueblo Dominicano, amplié mi vocabulario de alabanza y acción de gracias. Enamorando de un país que no es mi casa, me di cuenta de que el hogar es donde está el Espíritu Santo, y el Espíritu está prosperando en la Iglesia Episcopal de la República Dominicana. Me pregunto, ¿en qué otros lugares vive el Espíritu Santo?